Hará cosa de un año y pico entrevisté a Imanol Arias.
Acababa de llegar de la India, de la Fundación Vicente Ferrer donde había
rodado la película que explicaba la vida del misionero catalán. Sus ojos
brillaban de emoción. Estaba impactado por la obra del padre Vicente y lo que
había conseguido de la nada. Imanol se había vuelto un incondicional de su
causa.
A los pocos meses
decidí viajar a la India. Cuando
planifiqué la ruta no pensé en visitar la Fundación. Pensé... ¿Para qué ir a
ver la pobreza y la miseria como si se tratase de un zoológico? Pero estaba muy
equivocada. A la Fundación Vicente Ferrer hay que ir para entender lo que solo
personas como Ferrer sentían: verdadero
amor por los más desfavorecidos. Cuando visitas aquello lo entiendes todo,
porque si miras la cara de los niños, ¿Cómo te vas a ir de allí?
La fundación está ubicada en una zona de la India por donde
no pasan las rutas de turistas ni hay apenas atractivos que pueda estimular su
visita. Hay que llegar hasta el aeropuerto de Bangalore (ciudad donde ves esa
India moderna y rica, de coches de alta gama y apartamentos de lujo) y coger un taxi (o el tren) para viajar dos horas hasta Anantapur, una ciudad fea y
seca de esas donde la vida parece que se quedó parada bastantes años atrás.
En Anantapur, delante del edificio del gobierno (como un
ayuntamiento), hay una figura dorada a tamaño natural: es Vicente Ferrer,
"Fader Férer" como le llaman allí. La fundación está ubicada a las afueras
y es una especie de colonia que, a simple vista, parece destinada a acoger a
niños que están de campamentos. Son los barracones para los visitantes, la
mayoría españoles interesados en conocer la obra de Ferrer. Muchos son padrinos
y colaboradores. Otros simplemente viajeros españoles que se pasan por allí
interesados por ver la fundación. Todos, miembros o no, son
recibidos por igual. Allí nadie paga nada por la estancia y la comida.
Los dos o tres días en la fundación son una experiencia
única: visitas colegios, centros médicos y hospitales, pequeñas aldeas de gente
humilde. Todos veneran al padre Vicente y te agradecen la visita como si fueses
tú el único que ha hecho algo por ellos. Es increíble ver al equipo de la
fundación (españoles e indios) trabajar mano a mano para ayudar aquí y allá.
Escucharles hablar de Vicente y de su obra, asistir a una charla de su esposa,
o visitar la tumba de Ferrer, junto a un
parque en el que juegan los niños al salir de la escuela. La energía del padre
Vicente está por todos lados y le veneran como a un santo. Uno queda
sorprendido por la cantidad de mensajes de bondad al prójimo que hay en cada
edificio.
Visitar la fundación es descubrir un mundo de pobreza y
humildad dignificada. Por eso los turistas y viajeros se sienten conmovidos por
tanto trabajo conseguido y por esa humanidad, calor, cariño y aprecio que desprenden
niños, padres, médicos, colaboradores...
En mi caso pude además comprobar en mi propia piel lo que
significa enfermar en un lugar tan desvalido. Fui una de esas visitantes que,
como suele pasar, cae con una diarrea del viajero que se complica tanto que
tuve que ingresar en uno de los hospitales de la fundación. Cuando estaba allí rompí a llorar. Estaba asustada. La
señora de la fundación que me acompañó (mi "madre india" decía ella) me
acarició y me tranquilizó: "No te asustes. Atendemos a muchos españoles
que nos visitan y enferman. Es algo normal en este hospital". Me trataron con mucha profesionalidad y las dos horas de haberme puesto suero me
recuperé, me dieron medicación para varios días (todo gratis) y pude marcharme
y seguir con mi viaje. Recordaré siempre las palabras de mi "madre
india" cuando le di las gracias: "Hace unos años no podríamos haberte
ayudado porque aquí no había nada. Pero en este hospital te has curado. No nos
des la gracias. Dáselas a Vicente. Nosotros solo seguimos su camino". Lo
recuerdo y me sigo emocionando.
martes, 14 de julio de 2015
jueves, 4 de junio de 2015
Viva! Viva Las Vegas!!
El cine ha hecho mucho bien y mucho mal a esta ciudad
construida de la nada para satisfacer los bajos instintos de Estados Unidos.
Para nosotros, los europeos, Las Vegas es el parque de atracciones yankee al
que vamos cámara en mano dispuestos a vivir en directo lo que tantas veces
hemos visto en las películas: sexo, juego, alcohol, juerga, desparrame...
Cuando llegas a Las Vegas lo que ves es bastante parecido a una noche de farra
en Lloret, Salou o Ibiza. Jovenzuelos desbocados, despedidas de solteros
horteras, discotecas con música a todo trapo y mucho escote y tacón de aguja.
La diferencia es que aquello es Las Vegas, o sea que todo se hace a lo grande.
Espectacular e insuperable.
El gran atractivo de la ciudad son sus hoteles, un verdadero muestrario de mega-macro-ultra alojamientos de lujo a cual más ostentoso. Yo, cinéfila empedernida, aposté por el MGM, un hotel que homenajea al séptimo arte en cada rincón y habitación. Por cierto, hay 7.770!! Conté 17 personas solo en recepción!!!
Las parejas de novios suelen hospedarse en el Venetian o el París, que son lo más parecido a volar a Europa pero ahorrándote los gastos de desplazarte a otro continente. Y la foto con la Torre Eiffel la tienes igual, oiga! El Caesar Palace te transporta a la antigua Roma, copiando fuentes y esculturas clásicas en un batiburrillo de iconos romanos y griegos (incluido un caballo de Troya a escala real). Está el New York New York con su montaña rusa en la fachada, el Luxor para viajar al antiguo Egipto, Excalibur es una especie de castillo del Rey Arturo o el Circus Circus para sentirte como bajo la carpa de un monumental espectáculo circense.
Todos tienen algo en común: entras y a los 20 minutos ya no recuerdas que solo es un hotel y que es todo de cartón piedra. Casinos, bulevares de tiendas, restaurantes, cafeterías, espectáculos, discotecas y hasta parques acuáticos. Vamos, que podrías pasar varios días en tu hotel la mar de entretenido sin necesidad de salir al exterior. Todo está pensado para que consumas, gastes, derroches y te olvides de que tu cuenta corriente baja a pasos de gigante.
Creo que ir a Las Vegas para no entrar en el juego es ir para nada. Si vas alquila una limusina, paséate por los casinos, juégate algunos dólares, visita una capilla por si presencias alguna boda friki y tómate unos tragos escuchando a un imitador de Elvis.
En Las Vegas es imposible aburrirse. Es la ciudad que no duerme, aunque paradójicamente todo parezca un sueño.
El gran atractivo de la ciudad son sus hoteles, un verdadero muestrario de mega-macro-ultra alojamientos de lujo a cual más ostentoso. Yo, cinéfila empedernida, aposté por el MGM, un hotel que homenajea al séptimo arte en cada rincón y habitación. Por cierto, hay 7.770!! Conté 17 personas solo en recepción!!!
Las parejas de novios suelen hospedarse en el Venetian o el París, que son lo más parecido a volar a Europa pero ahorrándote los gastos de desplazarte a otro continente. Y la foto con la Torre Eiffel la tienes igual, oiga! El Caesar Palace te transporta a la antigua Roma, copiando fuentes y esculturas clásicas en un batiburrillo de iconos romanos y griegos (incluido un caballo de Troya a escala real). Está el New York New York con su montaña rusa en la fachada, el Luxor para viajar al antiguo Egipto, Excalibur es una especie de castillo del Rey Arturo o el Circus Circus para sentirte como bajo la carpa de un monumental espectáculo circense.
Todos tienen algo en común: entras y a los 20 minutos ya no recuerdas que solo es un hotel y que es todo de cartón piedra. Casinos, bulevares de tiendas, restaurantes, cafeterías, espectáculos, discotecas y hasta parques acuáticos. Vamos, que podrías pasar varios días en tu hotel la mar de entretenido sin necesidad de salir al exterior. Todo está pensado para que consumas, gastes, derroches y te olvides de que tu cuenta corriente baja a pasos de gigante.
Dentro de los casinos la vida fluye las 24horas: conservan
la misma iluminación para que siempre parezca que es buen momento para jugarte
el dinero. Ambiente de noche a cualquier hora. Me sorprendió ese detalle: que a
las 10h de la mañana bajes a desayunar y al pasar por el casino de tu hotel
veas a gente de smoking jugando a la ruleta. ¡¡¿No piensan descansar?!!
Obligado es visitar la zona antigua de Las Vegas, donde
nacieron los primeros hoteles. Ahora son más económicos porque no son tan
ostentosos ni tan modernos. Pero tienen ese toque kitch, antiguo que te
transporta a los años en los que Elvis se dejó caer por allí con su esqueleto ya
bastante deteriorado. Si quieres sentirte en Las Vegas de los viejos gánsters,
los que fundaron la ciudad, pásate por allí. Además hay una macro pantalla que
cubre todo un tramo de calle y ofrece unos shows originales nunca vistos en
Europa. Creo que ir a Las Vegas para no entrar en el juego es ir para nada. Si vas alquila una limusina, paséate por los casinos, juégate algunos dólares, visita una capilla por si presencias alguna boda friki y tómate unos tragos escuchando a un imitador de Elvis.
En Las Vegas es imposible aburrirse. Es la ciudad que no duerme, aunque paradójicamente todo parezca un sueño.
lunes, 1 de junio de 2015
Salzburgo, el bombón de los Alpes
Sorprende que
Salzburgo (salz=sal, burgo=fortaleza) sea la ciudad de la sal pero conocida
mundialmente por sus dulces bombones de Mozart. Salzburgo es de película. Y no
lo digo solo por sus majestuosos paisajes sino porque uno de los motivos que
acercan a turistas de todo el mundo a Salzburgo es contemplar los escenarios
donde se rodó el mítico film "Sonrisas y Lágrimas". Y ciertamente
pasear por Salzburgo es lo más parecido a sentirse como Julie Andrews
correteando y cantando con los niños del capitán Trapp.
Pero si la película es un icono que atrae a cinéfilos, la figura de Mozart es motivo más que suficiente para que los amantes de la música clásica se acerquen hasta Salzburgo para conocer de cerca los escenarios en los que el autor se crió y empezó a conformar su talentosa carrera.
El casco antiguo de Salzburgo es Patrimonio de la Humanidad, por lo que existen numerosos rincones en la ciudad que merecen la pena ser visitados. La Salzburgcard es una tarjeta que nos lo pone fácil y económico para movernos cómodamente. Y es que si algo tiene esta pequeña joya austríaca es que se pasea cómodamente y se disfruta sin prisas. Una cerveza en aquella terraza, unos bombones junto a aquella fuente o un bretzel (típico pan salado que pusieron de moda los monjes) antes de seguir la ruta marcada. A pie, en bicicleta o a caballo, las tres opciones más demandadas por los turistas.
Subir a la montaña de los capuchinos es un pequeño esfuerzo que merece la pena. Desde allí contemplas Salzburgo como si vieses un cuadro. Hermoso en cualquier época del año. Otro mirador al que merece la pena subir es a la Glockenspiel, la torre del carrillón que puntualmente suena con sus cancioncillas, transportándote a otras épocas en las que la vida iba más despacio.
Uno de los momentos mágicos de mi viaje a Salzburgo fue pasear en bicicleta por las afueras de la ciudad. Verdes prados, casas particulares llenas de flores, niños jugando junto al rio y parques inmensos en los que hacer un picnic a la sombra de un árbol milenario. Y hablando de comer, su gastronomía es excelente y su plato típico, el escalope vienés me sedujo desde el primer bocado. Con patata y esa salsa de arándanos que le da un toque tan diferente a lo que estamos acostumbrados los del sur de Europa. La bebida corre a cuenta de la cerveza, siendo la Stiegl la marca más popular de la zona (recomendable visitar su fábrica!!). Y los bombones... Imposible no comerse uno o tres! Sobre todo los originales que inventó el pastelero Paul Fürst en 1890 y que hoy se siguen vendiendo en la pastelería de la familia, que conserva la receta original y la elaboración a mano, uno a uno, de cada bolita de mazapán y pistacho. Si te vas de Salzburgo sin comerte un bombón en esa tienda, la original, quizás te pierdas uno de los momentos más memorables de tu viaje.
Pero si la película es un icono que atrae a cinéfilos, la figura de Mozart es motivo más que suficiente para que los amantes de la música clásica se acerquen hasta Salzburgo para conocer de cerca los escenarios en los que el autor se crió y empezó a conformar su talentosa carrera.
El casco antiguo de Salzburgo es Patrimonio de la Humanidad, por lo que existen numerosos rincones en la ciudad que merecen la pena ser visitados. La Salzburgcard es una tarjeta que nos lo pone fácil y económico para movernos cómodamente. Y es que si algo tiene esta pequeña joya austríaca es que se pasea cómodamente y se disfruta sin prisas. Una cerveza en aquella terraza, unos bombones junto a aquella fuente o un bretzel (típico pan salado que pusieron de moda los monjes) antes de seguir la ruta marcada. A pie, en bicicleta o a caballo, las tres opciones más demandadas por los turistas.
Subir a la montaña de los capuchinos es un pequeño esfuerzo que merece la pena. Desde allí contemplas Salzburgo como si vieses un cuadro. Hermoso en cualquier época del año. Otro mirador al que merece la pena subir es a la Glockenspiel, la torre del carrillón que puntualmente suena con sus cancioncillas, transportándote a otras épocas en las que la vida iba más despacio.
La
Residencia, el Campanario, la Catedral, la Iglesia Franciscana, la Plaza de
Mozart, el Abrevadero de Caballos, la calle Hofstallgasse, la Fortaleza
Hohensalzburg o el Monasterio de San Pedro... Uno no se cansa de descubrir que
Salzburgo esconde más y más rincones bellos en su casco antiguo. Pero eso no es
todo. El Castillo de Hellbrunn es todo un descubrimiento, donde pasar una
mañana inolvidable en un entorno de ensueño. No desvelaré secretos porque hay
que ir y verlo. En todo caso el castillo demuestra que hace siglos que los más
adinerados gozaban de parques de recreo en los que, a su modo, pasar un día la
mar de simpático.
Mozart es
protagonista absoluto de la ciudad. Salzburgo es un homenaje al compositor más
grande de todos los tiempos y los tours para conocer su vida, su residencia y
su legado son el día a día de la ciudad. Otras de las rutas más demandadas son
las que llevan a los turistas a retratarse a los lugares donde Hollywood filmó
varias escenas de "Sonrisas y Lágrimas". Así que si veis a un grupo
de japoneses cantando en un rincón de la ciudad, seguramente es porque allí,
justo en aquel rincón, se rodó alguna escena musical de la película. Lo
gracioso del tema es que nadie se extraña ni se siente ridículo. Cantar las
canciones de "The Sound of Music" es casi un ritual obligado en
Salzburgo. Como visitar el teatro de marionetas que recrea la historia de la
familia Trapp. Uno de los momentos mágicos de mi viaje a Salzburgo fue pasear en bicicleta por las afueras de la ciudad. Verdes prados, casas particulares llenas de flores, niños jugando junto al rio y parques inmensos en los que hacer un picnic a la sombra de un árbol milenario. Y hablando de comer, su gastronomía es excelente y su plato típico, el escalope vienés me sedujo desde el primer bocado. Con patata y esa salsa de arándanos que le da un toque tan diferente a lo que estamos acostumbrados los del sur de Europa. La bebida corre a cuenta de la cerveza, siendo la Stiegl la marca más popular de la zona (recomendable visitar su fábrica!!). Y los bombones... Imposible no comerse uno o tres! Sobre todo los originales que inventó el pastelero Paul Fürst en 1890 y que hoy se siguen vendiendo en la pastelería de la familia, que conserva la receta original y la elaboración a mano, uno a uno, de cada bolita de mazapán y pistacho. Si te vas de Salzburgo sin comerte un bombón en esa tienda, la original, quizás te pierdas uno de los momentos más memorables de tu viaje.
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